Hoy nos levantamos pensando que es nuestro último día en la isla y la verdad es que no tenemos ganas de irnos.
Hacemos la maleta a regañadientes diciéndonos a nosotros mismos que aún quedan muchas horas por delante para disfrutar de lo que nos rodea y mientras desayunamos preparamos el planning para hoy.
Así que, ahora ya con las maletas en el coche, ponemos rumbo al norte, las tierras desconocidas y recorriendo unos paisajes de ensueño hacemos un alto en el Ecomuseo de Cap de Cavalleria que hay camino al Faro. La música chill out, un gato por toda compañía, el sol subiendo perezoso en el cielo y tras una eternidad marrón, de piedra y tierra, un pequeño faro que se yergue orgulloso. Este es el magnífico escenario que nos rodea mientras tomamos un café con leche.
Retomamos el magnífico camino y tras abrir alguna que otra puerta que nos cerraba el paso, continuamos alegres hasta el pie del faro donde descubrimos que… no estamos solos. Un pequeño autobús espera a un grupo de jubilados alemanes que caminan por el escarpado paisaje. Y allí vamos, subiendo y bajando, asomándonos a los acantilados, observando el paisaje casi lunar e intentado adivinar de qué son los restos que encontramos allí y, sobretodo, a qué época pertenecen y por lo que parece eran enclaves de baterías de cañones de la guerra civil (no andábamos muy desencaminados en nuestras cábalas). Tras intentar explorar una cueva que sirvió de polvorín y tras casi descuajaringarnos varias veces con las irregulares piedras, volvemos al coche y regresamos sobre nuestros pasos para hacer un alto en la playa de Cavallería.
Sin apenas gente, la roja piedra contrasta con el azul del agua. Es una verdadera lástima que no llevemos los bañadores, pero imaginad subir al avión con el bikini y el pelo lleno de sal. Así que diciéndonos a nosotros mismos que la próxima vez que vengamos a la isla será la primera playa donde nos bañaremos, volvemos al coche y tras esquivar a nuestros jubilados, decidimos acercarnos a Cala Pregonda.
Allá que vamos por la autopista de las carreteras de montaña (un solo carril… como de…30 metros de ancho, todo de tierra, pedruscos y socavones) hasta que llegamos a un restaurante y el inicio de un sendero. Un kilómetro nos separa de Cala Pregonda, así que nos ponemos en marcha, un pie detrás de otro, disfrutando de la brisa y del paisaje. Tras cruzar un pequeño puente de madera que bordea un… llamémoslo laguito… atestado de peces y ánades de todo tipo y condición, llegamos a Cala Binimel•là, totalmente solitaria y continuamos por nuestro sendero, perdido en un mar de tierra rojiza que más nos recuerda a aquellos westerns y al Gran Cañón que a la costa española. Una subida y… a contener el aliento. Una preciosa cala se abre ante nosotros. El agua plácida se muestra totalmente turquesa bajo los rayos delicados del sol de la mañana. La marea hace que las pequeñas olas rompan perezosas contra la negra piedra, húmeda. La arena blanca se invita a sentarte, a olvidar los problemas y a no escuchar más que el murmullo del oleaje que viene y va… Nos abandonamos en este pequeño trocito de paraíso al que, por desgracia, no dejan de llegar playeros en playeras quejándose del camino recorrido… quien dijo que alcanzar el paraíso no supusiera un esfuerzo?¿
Con la gente buscando sus rincones aquí y allí, salpicando la virgen arena con toallas de publicidad y botes de crema solar, y tras un último vistazo, demasiado corto para nuestra alma pero lo suficiente como para dejar un trocito de corazón enterrado en lo más hondo de la bahía, nos disponemos a recorrer el camino de vuelta: otro kilómetro, ¿quién lo diría? Y aquí es donde realmente comienza nuestro regreso a casa, pues una vez en el coche, nos dejamos perder por los caminos guiados sólo por el sonido de la música y por la obligación, pues ahora sí hay que empezar a acercarse al aeropuerto.
Pero en un intento inútil de alargar nuestro viaje nos acercamos a Son Bou, para ver los restos de una antigua Basílica cristiana, nada en edad comparado con los monumentos que hemos visitado en la isla, pero siempre es agradable ver una forma conocida. Esquivando abejas, avispas y otros ivni (insectos voladores no identificados… ni ganas) llegamos a la enorme (para ser Menorca) playa de Son Bou, reducto de alemanes churruscados que toman el sol a la sombra de unos edificios estilo “Art Lloret” de lo más típicos mientras beben sangría y comen paella. Por suerte, es de los pocos complejos de edificios altos que hemos visto en la isla y, aunque sea algo, se agradece el respeto por el frente costero.
De mala gana nos vamos a Mahón, por eso de comer algo y dar el último paseo estando ya cerca del aeropuerto. Después de comer una impresionante pizza (nada típico, ya…) en uno de esos sitios en los que no sabes ni si meterte y que luego resulta que son todos italianos, nos comemos un heladito y hacemos un poco el guiri entrando y saliendo de las tiendas de souvenirs. Pensando en el avión, mirando el reloj, observando el sol…
Así que corriendo nos metemos en el coche de nuevo (qué sensación de estar dentro de una lata teníamos el primer día y ahora le hemos cogido hasta cariño al cochecito) y hacemos una última escapa a Es Grau. Atravesamos la Reserva Natural de la Albufera y nos decimos que en nuestra próxima visita a la isla la reserva merecerá un buen paseo para conocerla a fondo, y llegamos al pequeño pueblo de Es Grau, típico pueblo de casas blancas que mira al mar con esa mezcla de amor y nostalgia, de respeto y, porqué no, con un poco de miedo.
Allí nos aposentamos en una terraza casi a pie de playa. Nos despachurramos en los asientos. El olor del café que nos acaban de traer se mezcla con la brisa salada. Cierras los ojos. El sonido del viento en los árboles sobre tu cabeza, la risa de los niños que juegan en la playa, los pequeños rayos de luz que se cuelan entre las ramas y que te acarician el rostro con suavidad. Respiramos profundamente, intentando llevarnos a casa los olores y colores, los sonidos de la isla. Miramos el reloj. Maldito reloj. Y ya va siendo hora de despedirnos definitivamente de la isla.
Nos montamos en el coche como con nostalgia, y aún no nos hemos ido. Apuramos los kilómetros para que pasen más despacio bajo nuestras ruedas pero, para qué engañarnos, esta isla no es muy grande y en seguida llegamos a nuestro destino. Dejamos el coche en perfecto estado, sucio, pero estupendo. Pasamos los controles y esperamos nuestro vuelo. Miramos por los ventanales como el sol, poquito a poco, se va escondiendo detrás de los aviones, y nuestro único pesar es no poder disfrutar de ese espectáculo sentados en alguna tranquila playa, con el sonido del Mediterráneo por toda compañía.
Subimos al avión. Cinturones abrochados. Cuando nos elevamos miramos por la ventanilla intentando vislumbrar algo de lo que despedirnos y ya no hay más que oscuridad bajo nosotros y sobre ese inesperado paraíso que se ha ganado un lugar en nuestros corazones.
Llegamos a Barcelona y cuesta creer que el oscuro mar que nos espera es el mismo que brillaba turquesa. Cuesta creer que el cielo gris y pesado que nos cubre es el mismo que de noche nos mostraba un manto de estrellas, que parecían tejiditas una a una por una mano experta. Ahora sabemos que el azul es el mar y el cielo de una isla que nos ha permitido dejar en sus tierras el estrés y el pesar de la ciudad, bien escondido, abandonado en lo más profundo del mar.
viernes, 19 de octubre de 2012
| [+/-] | Día 4: Nostalgia |
miércoles, 10 de octubre de 2012
| [+/-] | Día 3 - Un día bien variado |
Buenos días andarines.
Hoy nos levantamos animados por la total ausencia de nubes en el cielo y con nuestro mapa, todo pintarrajeado, nos encaminamos a l’Hort de Sant Patrici, donde elaboran artesanalmente el famoso queso de Mahón. Y aunque el tema de las visitas guiadas está completo durante toda la semana pudimos visitar gratuitamente el recinto, un pequeño museo que tienen, una modernísima bodega de vinos y, a través de una ventana, vimos como preparar el queso antes de meterlo en las prensas y tanques de salado. Nos comentaros que el proceso de elaboración sólo se puede ver de 9 a 10.30, así que allí estamos, enganchados a una ventana, viendo como llenan cuadrados de tela de algodón de leche semi cuajada y después, con el arte que da la experiencia, dan a tan amorfo paquete la forma cuadrada característica del queso de Mahón. En fin, nosotros que, como ya sabeis, somos tan guiris estamos encantados de la muerte!! Y pa qué más cuando en la tienda te dejan probarlos… si por nosotros fuera nos habríamos traído media quesería.
Abandonamos el precioso recinto para poner rumbo a la Naveta dels Turons, antiguo edificio funerario que se cree que es el más antiguo de toda Europa, que puede tener unos 3.000 años… ahí es nada.
La verdad es que es muy impresionante pensar la de años, siglos y milenios que esa construcción lleva en pie y ahora te hacen un edificio y si no se te cae en 50 años te puedes dar con un canto en los dientes.
Bien contentos con nuestro edificio prehistórico y haciendo nuestras cábalas históricas nos asustamos cuando llegamos a nuestro coche y vemos que tiene… varios golpes!!! Pero si hemos estado fuera 15 minutos!!! Ya nos veis a los dos midiendo, maldiciendo y agradeciendo el haber cogido el seguro extra cuando nos damos cuenta de que… no era nuestro coche!!!! Ni siquiera era el mismo modelo!!!!! Anda que si el dueño del automóvil en cuestión nos hubiera visto… Entre risas y alivio al ver que nuestro “Pelotillo” está intacto, llegamos a Lithica, unas canteras que ya no están activas. El recorrido es más largo de lo que pensábamos, puesto que dura aproximadamente una hora y engloba la cantera moderna y la cantera antigua. Una es impresionante por el enorme agujero, las paredes rayadas que hacen que te sientas pequeño pequeño en un mundo de piedra. La otra es impresionante por el laberinto en el que te adentras, la maleza se ha comido los senderos e intentas en vano seguir las señales mientras esquivas árboles y arbustos. Lo mejor de todo, el jardín medieval. En un rincón oculto atisbamos un agujero en una pared rocosa. Por allí que nos metemos y al salir por el otro lado las bocas se nos quedan abiertas. En medio de la cantera hay un pequeño jardín, con su fuente y sus plantas aromáticas. Miras para arriba y te das cuenta de que estás en un agujero de piedra, rodeado de roca. Sin lugar a dudas, lo mejor. Hace que te sientas como una especie de Lara Croft atravesando la jungla hasta dar con la antigua civilización. Toda una aventura!
Tras tanta variedad mañanera, decidimos seguir hacia el sur y llegar hasta el Faro d’Artrutx. Como faro no es de los más espectaculares, pero está ocupado por una cafetería cuya terraza no tiene desperdicio alguno. A parte de las mesas al uso, encontramos en primera línea de mar unos pequeños bloques de cemento y unas sillas. No hay nada mejor que sentarse aquí, con un café con leche, las piernas apoyadas en las rocas y dejar que la música tranquila nos invada mientras la brisa del mar acaricia nuestros cabellos y el sol calienta nuestro rostro… si es que hemos nacido para sufrir…
Medio a regañadientes abandonamos ese pequeño rincón de paraíso y cambiamos de costa raudos como el viento hacia Cala Morell donde la curiosidad nos lleva a visitar una antigua Necrópolis. Y al llegar allí el lugar supera nuestras expectativas. La Necrópolis está compuesta por varias cuevas excavadas en la roca, cuevas enormes que bien podrían haber sido casas. Sin ruta marcada, caminas entre la vegetación y las cuevas van sucediéndose aquí y allá. Totalmente en soledad y silencio, con el mar de fondo, el lugar diríase salido de una película fantástica. Subimos y bajamos buscando más y más cuevas y tras un rato de exploración nos damos por satisfechísimos, nos acercamos a la bonita Cala Morell y, viéndola invadida por kayakistas, volvemos sobre nuestros pasos, isla arriba, isla abajo para, ahora sí, ir a espachurrarnos un ratico a la arena.
Con las tripicas rugiendo cogemos la preciosa carretera que nos lleva a Cala Macarella y Cala Turqueta. Haciendo caso del sentido común, de la inspiración divina o de los carteles indicativos, nuestro primer destino es Macarella. A pesar de las señales de Parking, nosotros allá vamos, como los de Alicante y bajando bajando llegamos hasta un lugar en el que no se podía bajar más. Un cortito paseo entre bosques y unas enormes vacas y llegamos a la cala. Nada más llegar nos da la bienvenida una familia de rumiantes, pequeños terneros tumbados en la arena de la playa mientras sus madres los vigilan o nos vigilan, aún no lo tengo claro. Ah… Vacas en la Playa… rebautizamos la cala con el nombre de Vacarella, puesto que lo vemos más adecuado.
Un nuevo rugido de nuestras barrigas nos recuerdan que tenemos hambre y nos dirigimos al restaurante que hay en la cala (porque de chiringuito nada, eso era un restaurante) y unos bocadillos y unas patatas fritas más tarde nos encontramos estirando nuestras toallas en la blanquísima arena y sumergiéndonos en esa agua maravillosa. La casi absoluta ausencia de gente era una sensación maravillosa. El color del mar no dejaba de sorprendernos y hasta el más diminuto pez que pasaba a nuestro lado nos asustaba, tan clara era el agua. Se respiraba un ambiente de tranquilidad, de relax, apenas se oía el murmullo de la gente o la risa de algún niño chapoteando en el agua. El sol calentando suavemente… nos habríamos quedado allí toda una vida, no en vano dicen que Macarella es la 2ª mejor playa de Menorca.
Ya sequitos abandonamos ese pedacito de paraíso y tras sortear a las vacas que nos cierran el paso para salir de la cala, nos vamos a la cala que ostenta el título de mejor playa de Menorca, Cala Turqueta.
Las carreteras con sus curvas suaves, la música a tope en el coche, la ventanilla bajada y el viento revolviéndome el pelo hacen que sólo el camino ya valga la pena. Llegamos allí, atravesando bosques, hasta que una valla nos impide pasar. Dejamos el coche en la zona habilitada y el amable chiringuito nos informa de que la cala está a 1km…. Sí… pues a pasear se ha dicho. Y chino chano cuesta abajo, que luego será cuesta arriba, arrastramos nuestras toallas y cuando empezamos a pensar que hace 2 km que faltaba 1km la playa se abre ante nosotros. Una playa preciosa, rodeada de rocas, una arena más que blanca, un agua más que turquesa, cangrejos, medusas, peces y toda suerte de vida marina, bañistas, mujeres en topless y hombres desnudos, niños que corren, parejas que toman el sol, guiris que hacen (hacemos) fotos… todo en tranquilidad, con calma… diríase que la playa es algún refugio contra el estrés.
Sin poder evitarlo, pero calzándonos adecuadamente, nos metemos en el agua. No podemos dejar de pensar que ese color no es natural, que este Mediterráneo no es el mismo que tenemos en Barcelona y que éstas playas sólo pueden estar en el Caribe. Pero no porque aquí hablan catalán, así que debemos estar en Menorca. Un poco asustaitos por la cantidad de medusillas que hemos visto, damos 4 chapoteos y nos ponemos a secarnos al sol, que poco a poco va perdiendo fuerza y va bañando la cala en una dulce luz dorada.
Con la brisa enredada en nuestros dedos y el estrés abandonado en el fondo de las cristalinas aguas, rehacemos el camino hasta nuestro pequeño coche y ponemos rumbo a Cala Galdana, para intentar ver la puesta de sol, puesto que nos han dicho que en esta época del año la costa sur es en la que podemos ver el anochecer. Y, cuando llegamos allí, nada más lejos de la realidad… viendo el sol ponerse tras las montañas, determinamos que de costa sur nada, que el sol se pone por Ciutadella, y ante la imposibilidad de llegar allí en 10 minutos, buscamos un mirador para poder disfrutar de la puesta de sol, aunque no lo veamos esconderse en el mar, sino bajo las montañas. Y así escapamos de ese pequeño Lloret enclavado en un precioso lugar y encontramos un rincón donde disfrutar del ardiente sol, que nos regala durante unos minutos una gama de colores única, amarillos, naranjas y rojos en tanto que el cielo pasa del azul al morado en una mágica combinación mientras un pequeño barco se dirige hacía el horizonte, intentando atrapar al astro rey antes de que se vaya a dormir.
Con la sensación de que hemos pasado un día perfecto la noche se cierne sobre nosotros regalándonos un manto de estrellas que no estamos acostumbrados a disfrutar. Poco a poco, lentamente, la carretera nos lleva hasta Addaia, a nuestro hotel, pero antes una parada para una cervecita y una samosa de queso, comentamos el día, reímos de las anécdotas y compartimos fotos y, ahora sí, al hotel, a cenar, que mañana nos toca despedirnos de esta isla que nos está robando el alma…
| [+/-] | Día 2 – Explorando sa illa |
Buenas....
Aunque la intención de hoy es levantarnos bien temprano, se nos pegan un poquillo las sábanas, pero no pasa nada, estamos de break relajante.
Así que desayunamos tranquilamente, planificamos nuestra ruta del día y allá vamos, hacia el Fuerte Malbourough. Llegamos a destino y cogemos el camino que va hacía el fuerte… que está cerrado por restauración. Empezamos bien el día. Intentamos acercarnos de todos modos por si podemos ver algo desde fuera, así que llegamos a la coqueta Cala Sant Esteve y vamos a la puerta del recinto y, por supuesto, no se ve nada. Así que cabizbajos volvemos hacía el coche y, como está muy cerca, nos acercamos al Castell de Felip que… también está cerrado!! Pero qué ocurre hoy!!!
Nos acercamos a Es Castell puesto que nos habían recomendado un local en Cala Corb, llamado Es Cau, con la intención de tomar un café y continuar nuestras visitas pero entre que no lo encontramos y que leemos por internet que es un local nocturno, nos metemos en el coche esquivando abejas, avispas y abejorros y al pasar por unas ruinas decidimos pararnos. Así visitamos las ruinas de Trepucó, con su enorme talaiot y el recinto del santuario en perfecto estado de conservación.
Un poco más animados por el buen sabor de boca de las ruinas, nos dirigimos a La Cova d’en Xoroi. Y aunque un poco desconfiados por los 8 euros que cuesta la entrada hacemos caso de los cientos de recomendaciones que nos han dicho que no nos lo podemos perder. Y es cierto, es una cosa que hay que ver.
Envuelta en una antigua leyenda de amor, estas cuevas ahora albergan un disco-lounge-bar y todas esas cosas modernas. Y la verdad es que el enclave es poco menos que impresionante. Un camino de escaleras encaramado en la ladera del acantilado. A un lado piedra. Al otro mar. Vas bajando y te encuentras un par de terrazas de esas que dan vértigo y cuando llegas al bar se te queda la boca abierta. Encajado dentro de una enorme cueva natural con pasillos, han sabido adaptar el local al recinto y no al contrario. La verdad es que es impresionante. Y como con la entrada nos entra una consumición, pues ale, a tomar un cafetico al borde del precipicio. Salvo alguna señora que ser ríe como un grajo, la tranquilidad es total. Música lounge de fondo, el ruido de las olas, la brisa, un sol tímido… que gozor!
Totalmente revitalizados por la fantástica visita, empezamos a pensar que Menorca tiene muchas más cosas de las que nos habían dicho y, la verdad, muchas de ellas son preciosas.
Así que ahora ponemos rumbo a otras ruinas, las más importantes de la isla, las de Torre d’en Galmés. Y aunque seguimos con nuestro lío de los días gratis de visita que tenían que ser hoy pero no, el recinto es increíble. Los restos de un enorme pueblo talaiotico se extienden durante metros y metros. Entre sistemas de recogida de agua, estructuras de casas en perfectas condiciones, taulas, salas hipóstilas y lagartillos de toda clase y condición, pasamos un buen rato imaginando las casas de la época (no veas… qué mansiones) y cuando nuestras tripas ya rugen tanto que espantamos a las lagartijas, volvemos al coche y ponemos rumbo a Ciutadella, la otra gran ciudad de la isla.
Dejamos en el coche en un aparcamiento gratuito y lo primero que hacemos es buscar un sitio para comer. En una bonita plaza nos aposentamos en una terraza para saborear un arroz caldoso que quitaba el hipo, tanto que atraía a moscas y avispas… qué ilusión.
Tras una interacción con el personal local para pedir una indicación y con los problemas de comunicación…qué acento que tenían!!! damos una vuelta por la ciudad desierta. Todo cerrado, claro, es domingo y ni un alma en la calle, así que paseamos por sus bonitas calles con soportales, llenos de palacios aquí y allá. Precioso el mercado de pescado, alicatado en blanco y verde y muy curioso el molino que vemos en la plaza de ses palmeres. Una pequeña ciudad llena de luz que nos acaba gustando mucho, y lo que pretendía ser una vuelta en 10 minutos nos roba más de una hora!
Caminando que caminas llegamos al puerto y de allí, al coche y de allí… al hipódromo! A ver carreras de trotons que no son otra cosa que carreras de caballos que van al trote, no al galope, y en los que el jockey va en una especie de carrico atado al caballo. Se supone que es una modalidad típica de la isla (aunque haya autóctonos que no la conozcan…)
Y ahí estábamos, sentados al sol de media tarde, con nuestros cafés, mirando las características de los caballos que corrían en las carreras y haciendo nuestras apuestas, entre nosotros claro, aunque tentados hemos estado de apostar de verdad porque no era nada caro. Y rayos si deberíamos haberlo hecho! Yo acerté el caballo ganador en todas las carreras que vimos… a ver si he descubierto mi vocación…
Así que tras sentirnos como esos ricachones que van a las apuestas, sólo que nosotros sentados en sillas de camping, y tras quitarnos el gusanillo de entrar en un hipódromo, aunque sea de pista de tierra, cogemos el coche y con el atardecer sobre nuestras espaldas ponemos rumbo al hotel no sin ir haciendo unas paradas exploratorias.
Y en estas paradas damos con la Cala en Brut, una curiosísima cala abrupta a la que se accede por un sombrío camino rodeado de árboles y que está arreglada con cemento y con escaleras para bajar al agua, un agua turquesa, clarísima y transparente donde ves nadar a los peces.
Nuestro siguiente descubrimiento Cala en Blanes, con una pequeña playa y un bar enorme, el agua transparente y la soledad te incita al baño.
Y ya abandonamos la costa y marchamos hacía el interior, viendo la puesta de sol por nuestros retrovisores. Y ya casi con el sol escondido, llegamos a la costa norte, a Fornells, un pueblo de pescadores muy cercano a nuestro hotel. Vamos hasta la punta más alejada y vemos la Torre de Fornells y la Ermita de Lourdes, con el cielo morado y el sol escondido ya en lo más profundo del mar.
Y chino chano al llegar a Addaia, donde tenemos el hotel, nos acercamos a un bar a ver el Barça-Madrid y a probar la típica Pomada (Xoriguer con limón) acompañada de unos nachos, que no son típicos pero que estaban bien buenos… gooooooool!!!!
| [+/-] | Día 1 – Nuestro primer contacto isleño: Welcome to Menorca |
Buenos días andarines!
Lo de buenos lo decimos ahora, porque cuando ha sonado el despertador esta mañana el primer pensamiento que ha cruzado por nuestras cabezas ha sido…ni en broma me levanto!. Pero como somos así, pues en vez de perder el avión, nos hemos puesto en pie a las cinco de la mañana, un poco andando sin saber y dejándonos llevar por la rutina.
En el avión ni tiempo a dormir, nada más despegar cogemos una revista y a los diez minutos…prepárense para aterrizar. Es lo que tiene Menorca, que está a un tiro de piedra.
Y una vez en ses illes vivimos nuestra primera experiencia en el mundo del alquiler de coches; así que allá vamos, llave en mano de un coche desconocido y buscando y rebuscando entre filas de automóviles que esperan que alguien les coja está el nuestro. Un pequeño y cuco Toyota Aygo…yo no sé si había visto este coche alguna vez… el caso es que saliendo del parking medio a trompicones dentro de esta pequeña caja de zapatos que ahora se me antoja un vehículo así, ponemos rumbo a nuestro primer destino. El Santuario de la Virgen del Toro (o del Toró… no lo he conseguido averiguar aún).
Y qué bien! Nada más iniciar nuestra ruta… niebla!! Qué Ilusión! Pero conscientes de que esa bruma es un fenómeno normal en la isla continuamos, intentando averiguar donde tiene este coche las luces y, por fin, llegamos al Santuario.
Una preciosidad. Con vistas sobre toda la isla vemos como las colinas emergen entre los retazos de la perezosa niebla. El edificio nos recuerda a aquellas haciendas mexicanas que vemos en la tele, con su puerta de forja y sus paredes blancas, blanquísimas. El silencio, piedras negras decoran aquí y allá y una gran cantidad de vegetación adorna el patio. La basílica en sí es sencilla pero el entorno tiene un algo que qué se yo. No en vano es el punto más alto de la isla. Y para tomar algo, hay una taberna, con una bonita terraza panorámica (siempre y cuando no haya niebla). Nos despedimos del Cristo que vigila la isla desde su alta columna, y de las torres de repetición que vigilan la cobertura de la isla y ponemos rumbo al hotel.
Con toda la suerte del mundo al llegar a nuestro hotel el apartamento ya está preparado para nosotros así que tras una pequeña excursión dejamos nuestras maletas en la que será nuestra casa durante los próximos días, el White Sands. La verdad es que el recinto es genial y el apartamento una pasada. Para 4 personas, totalmente equipado y muy limpio. Una gozada, vamos.
Pos ya más ligeros sin cargar con el equipaje, nuestra primera visita es el Faro de Faravitx. Un enclave precioso en el que merece la pena recrearse un poco. Tras acceder a una cala de la que casi no podemos salir con nuestro pequeño cochecito, llegamos a una zona de aparcamiento. Caminamos un poco y las decenas de hitos en la pequeña playa dotan al paisaje de un aura mágica, el pequeño faro ayuda a crear un ambiente de ensueño y el lago temporal mediterráneo junto con la zona rocosa nos recuerdan a esas imágenes de mundos lejanos que nos enseña Hollywood en sus películas.
Encantados de los que hemos visto ponemos rumbo a la capital insular, Mahón. Tras encontrar un céntrico lugar donde aparcar que no sea de pago, caminamos por sus animadas calles, atravesamos su mercado semanal, miramos las tiendas y la gente, escuchamos los acentos y dialectos y admiramos sus lindas plazas y plazoletas. Llamados por la curiosidad entramos en el Mercado de Mahón, que se erige bajo las arcadas del antiguo claustro de la Iglesia del Carmen, y llamados por el hambre decidimos hacer un alto en un pequeño lugar donde nos trincamos unas hamburguesas con queso de Mahón que quitaban el aliento por lo bueno y lo barato.
Con la panza ya llena damos un paseo por la ciudad, bajamos al puerto, subimos del puerto y tras un café en un local de dudoso…todo, de dudoso todo, y tras babear un poco en el escaparate de una pastelería local al más puro estilo Desayuno con Diamantes (estaba cerrada… Diooos que pastaaaas!) llegamos a nuestro blanquito coche y ponemos rumbo a la zona de las Bini… todo una zona donde las playas y los pueblos son Binialgo. Y en este caso nuestro algo es Binibéquer.
Llegamos a esta aldea de pescadores sin saber muy bien lo que nos vamos a encontrar y lo que allí vemos nos deja sin aliento. Todo un entramado de callejuelas y callecillas, y al decir estos diminutivos no alcanzamos a expresar su estrechez, totalmente anárquicas, deslumbrantemente blancas, encaladas todas ellas de suelo a techo, limpias como hacía tiempo no veía unas calles y encantadoras como pocas cosas hemos visitado. En definitiva, un pueblo lleno de rincones en los que tras girar cada recodo no tienes más remedio que sorprenderte y tirar una foto. Un laberíntico paraíso blanco de tranquilidad que, en el momento menos pensado, se abre generoso a una diminuta cala que brilla al sol de la tarde. Ojipláticos y anonadados por tanto hermoso equilibrio, acertamos a decir que es de los pueblos más hermosos que jamás hemos visitado. Y así, callejeando callejeando, nos acercamos a una especie de patio andaluz, tan blanco como el resto del pueblo, con sus ventanas oscuras, todo un rincón lleno de encanto. Y así de felices por el descubrimiento regresamos a nuestra montura, igual de blanca que el pueblo que abandonamos llenos de satisfacción.
Carretera y manta, y llegamos a Sant Climent, un pueblo que parece no tener nada especial y donde lo que más nos llama la atención es la boda años 20 que se celebra en la Iglesia. El local del Casino del pueblo tiene buena pinta para comer, y de hecho nos lo han recomendado, pero a estas horas lo máximo que podemos admitir es una cola y un alto para decidir nuestro próximo destino: el Talatí de Dalt.
Un alto para comprar provisiones para las próximas cenas y desayunos y tras una agradable ruta que recorre pequeñas carreteras circundadas de muros que parecen formar parte de un curioso escenario, llegamos a lo que creemos que es el Talatí de Dalt y que resulta ser una granja particular, con una piscina abandonada y todo. Temerosos de que salga el señor granjero armado con una recortada y molesto por la invasión territorial tomamos el agreste camino que nos ha llevado hasta allí y por fin, llegamos al recinto del Talatí, un antiguo poblado talayista con una espectacular Taula, construcción única en el mundo puesto que los “talaiots” fueron habitantes de estas islas hace nada más y nada menos que unos 4000 años.
Satisfechos por el día que hemos pasado ponemos rumbo al hotel y tras saludar a la vecina de dos apartamentos más allá, una pequeña serpiente, llegamos a nuestro apartamento. Una ducha, una cena y una película y …. Zzzzz….zzzz…zzzzz
lunes, 1 de octubre de 2012
| [+/-] | Día 10 – Alfaro – Barcelona |
Comienza el último día de las vacaciones, y, aunque ya sea de vuelta, hay que aprovechar un poco que en este pueblo están en fiestas.
Un análisis del programa y, tras desayunar, cogemos fuerzas para ir a ver el encierro! Y no… ni de coña nos vamos a poner delante de esos bichos… no visteis el tamañano de sus cuernos. Bien ubicados en lo alto esperamos que desde la plaza de toros den el petardazo de salida a los animalejos. Y vaya cómo salen! En un segundo arrancan y desaparecen de nuestra vista. Tras unos minutos el público presente se revuelve emocionado… ahí viene un chico, corriendo como alma que lleva el diablo delante de los morlacos… qué lástima… sólo uno…
Después de que una vaca rezagada hiciera las delicias de los mozos con algún susto que otro las mansas hicieron su aparición para juntar a los animales y llevarlos al redil, momento que aprovechamos para ir a ver, ahora con cámara en mano, la enorme colonia de cigüeñas que anida en la colegiata. Llegamos emocionados, mirando a lo alto de las torres y… ni un pájaro… ni uno sólo… ya se han ido a desayunar… Visto el éxito de nuestra incursión en el mundo cigüeñil damos por finalizado nuestro periplo.
Maletas al coche, música a tope y en el GPS ponemos “casa”.
Atrás dejamos las verdes montañas asturianas y cántabras, las colinas vascas, las amarillas llanuras riojanas, los áridos Monegros y la parda llanura de Lleida y poco a poco nos vamos acercando a casa y a su humedad.
La entrada a Barcelona es rápida y nada más llegar comienzan a caernos las gotas de sudor, el mínimo movimiento se hace eterno y la piel se torna pegajosa…Qué ganas teníamos de llegar a casa…
| [+/-] | Día 9 – Playa de las Cuevas - Alfaro |
Nos levantamos en el que va a ser nuestra última mañana en Asturias. Casi 500km nos separan de nuestro siguiente parada, así que un buen desayuno y abandonamos el hotel que tanto nos ha enamorado.
Pero antes de abandonar el pueblo decidimos darle un vistazo a la Playa de las Cuevas, que forma parte de la ruta “Llanes de Cine”. La verdad es que encontramos una bonita y pequeña playa pero que más parece una comuna hippie que una playa familiar. Así que comenzando a chispear nos metemos en el coche y ponemos rumbo a Alfaro, siguiente parada ya en tierras riojanas.
Un pequeño alto antes de abandonar la comunidad para dar un paseo por el bosque y visitar el Ídolo de Peña Tú y sin más dilación vamos carretera adelante, sin pausa pero sin prisa.
La hora de comer se nos cae encima y hacemos un alto en Cuzcurrita de Tiro, donde nos metemos en el primer bar para ver si nos dan algo de comer. Y que bien comimos, comida de esa casera de verdad, eso sí, bien la pagamos. Pero con la barriga llena, en breve llegamos a Alfaro, ciudad de de cigüeñas.
Una buena ducha, un rato de descanso en el hotel, y cuando el sol empieza a aflojar nos mezclamos en el barullo que alimenta el pueblo. Las fiestas patronales hacen que la gente se lance a la calle, carrozas, terrazas, chiringuitos y puestecillos llenar la ciudad.
Pero realmente lo más sorprendente nos acontece en la Colegiata de la ciudad. En sus torres anida una colonia de 700 cigüeñas y es realmente sorprendente ver a tan majestuosos animales sobrevolar la ciudad en un número tan elevado. No podemos quitar la vista de este espectáculo increíble quizás porque no estamos acostumbrados a ver estas aves.
Tras la magnífica estampa del sol golpeando las torres de la colegiata una cena rápida y al hotel, a descansar para afrontar mañana los kilómetros que nos separan de casa.
| [+/-] | Dia 8 – Picos de Europa – Covadonga – Cangas de Onís – La Virgen de la Cueva – Huellas de dinosaurio |
Como se suele decir, hoy es el día grande del viaje. Esta mañana toca madrugar y nos levantamos animados por el radiante sol que aparece en nuestra ventana. Al coche y dirección a los Picos de Europa.
Disfrutamos la carretera de curvas que nos lleva hacía nuestro destino y en lo que nos parece un segundo llegamos hasta el pie de Covadonga. Allí dejamos nuestra cabalgadura en el parking 4, el más alto al que nos dejan llegar en transporte privado. Durante los meses de verano hay un programa de control de tráfico en el parque natural, por lo que es necesario dejar los coches en aparcamientos preparados al efecto y un autobús hace la ruta hasta Covadonga, los lagos y luego hasta Cangas de Onís. Lo bueno del autobús es que puedes subir y bajar de él cuantas veces quieras (lo único que no se puede hacer es subir dos veces a los lagos pero habiendo subido una…).
Así que montados en el autobús comenzamos a disfrutar del ascenso a los lagos. Qué paisajes!! Realmente impresionantes!! Con los ojos como platos intentamos asimilar todo lo que pasa ante nosotros. Y cuando por fin el autobús llega a su destino iniciamos una ruta a pie que tienen muy bien señalizada. Un mirador que quita el hipo, una antigua zona de minas, vacas por todo el mundo y, tras esto, la respiración se contiene.
Se abre ante nosotros un extenso valle, sembrado de vacas, y al fondo un magnífico lado bordeado por las impresionantes montañas. No hay palabras para describir lo que se muestra ante nosotros. No podemos hacer más que sentarnos en el verde césped, al pie del lado y respirar el aire limpio, escuchar el sonido de los cencerros y perdernos en la inmensidad de las montañas.
Tras un momento de relax continuamos nuestro camino hacia el otro lago que a pesar de no estar enclavado en un paraje tan hermoso, es igualmente sorprendente. Un pequeño picnic al sentados al borde del agua, viendo como las vacas pasean por caminos intransitables, y volvemos al autocar que nos llevará al Santuario de Covadonga.
La bajada es toda una ruta turística. El simpático conductor nos explica historietas, nos señala donde podemos ver buitres y nos ilustra sobre múltiples temas mientras no deja de hablar en clave con sus compañeros conductores a través de la emisora. Qué divertido trabajo!
Cuando llegamos al Santuario el agobio del turisteo nos embarga de golpe. Gente en medio, aquí y allá, colas, señoras comprando recuerdos de la Virgen de Covadonga como si no hubiera mañana, ese olor a rancio y exceso de perfume, esos empellones… a parte de eso, el santuario es una preciosidad, un pequeño lago con una fuente de agua fresca, una coqueta cueva y en lo alto una capilla donde cientos de peregrinos pasan en fila india ante la imagen de una Virgen, tan pequeña como bonita. Un paseo por allí, entre curas, excursionistas y beatas y volvemos a nuestro autocar, deseando perder de vista tal cúmulo de turistas.
Nuestra siguiente parada: Cangas. Allí nos deja nuestra montura, en un bonito pueblo, lleno de vida, de tiendas, de productos típicos y donde encontramos el tan famoso puente de piedra con la cruz colgando. Una estampa preciosa, sin lugar a dudas. Un paseo por el pueblo de calles limpias y nos aposentamos en un minúsculo bar a comer un bocadillo. Unas cuantas compras y de nuevo, autocar arriba, ahora sí, hasta nuestro coche.
Bien satisfechos por el día de hoy, revisamos el plano para ver cual puede ser nuestra siguiente parada y encontramos una pequeña referencia en él que hace que nuestro espíritu de turista friki resurga de nuevo con fuerza… El Santuario de… La Virgen de la Cueva!!! Y allá vamos, canturreando la infantil tonadilla, hace el pequeño pero precioso y solitario rincón donde está enclavada la Virgen más famosa del mundo. Qué llueva, qué llueva!!!
Y ya, con los pajaritos cantando y las nubes levantándose, hacemos otra apuesta de última hora y con la música de Jurassic Park en nuestra cabeza, avanzamos decididos a descubrir las huellas de dinosaurio que hay en unos acantilados.
Así que tras aparcar el coche tomamos un sendero un poco al tún tún, que suponemos que bajará hasta la playa donde hay… huellas de dinosaaauurioooo!! Y allí vamos, por un estrecho camino de tierra, empinado y lleno de hierbajo, esperando llegar a nuestro destino porque bajar para nada habría sido una verdadera faena. Y cuando ya empezamos a pensar que tal vez habríamos tenido que coger el camino de la izquierda, llegamos a los acantilados. Rocas contra las que choca el bravo mar y que guardan milenarios secretos. Y allá vamos! A la búsqueda de la huella! Trepando , subiendo, bajando, mirando… hasta que .. ooh! Qué pedazo de pisada! Parece mentira que eso aún pueda existir, y de hecho a pesar de que afirman que es original, nosotros, como buenos escépticos, la observamos entre sorprendidos y recelosos. Pero … hay que tener fe!
Un ratín en las rocas viendo pequeños (y no tan pequeños) cangrejos esconderse de nosotros, analizando diminutas charcas rebosantes microscópica vida, gambitas, minipescaitos, caracolas y caracoles y toda suerte de vida marina, nos sentimos con ánimos suficientes de iniciar el ascenso, sobretodo porque la marea va subiendo…
Y allá que un pie tras otro nos depositan en el bar donde hemos dejado el coche. Tomamos una bebida en la impresionante terraza con vistas al acantilado y al mar, esquivamos estoques de piratas y llantos de niños, y antes de que el cumpleaños infantil llegue a su cénit, nosotros hacemos un mutis por el foro y sin sentirnos demasiado las piernas volvemos al hotel, a la hamaca, a la cena y a la cama…
| [+/-] | Día 7 : Ribadesella - Cabrales - Llanes |
Otro nuevo día amanece en tierras asturianas y ponemos rumbo a Ribadesella, bien seguros de que hoy se celebra la tradicional regata.
Aparcamos asombrados de la facilidad, justo al lado de la ría, justo al lado de la comisaría que invalida mi control remoto del coche y cerquita del centro. Qué triunfada!!
Caminamos hacía la oficina de turismo y preguntamos a qué hora es la regata y, cual es nuestra sorpresa cuando la amable informadora nos informa de que estábamos mal informados, puesto que la regata fue hace unos días. Qué mala suerrrrte!!
Así que con la cabeza gacha nos ponemos a patear Ribadesella. El entramado de callejas nos lleva cuesta arriba, poco a poco, a la pequeña ermita y al mirador desde el que podemos ver como la ría parte en dos la ciudad, como la gente se baña en el agua medio dulce medio salada de la playa y como las antiguas casas de indianos se han mantenido firmes, mirando a la ría. Bajamos encantados de haber subido hasta allí y volvemos por el agradable paseo, sembrado de paneles que nos llenan la cabeza de historias de trasgus y sirenas mientras los perretes entrenan en el agua, cazando palos, unos con más maña que otros.
Una vez entramos en el coche, con la alarma sonando (qué fuerte es no saber entrar en tu coche y apagar la alarma que tú misma has activado...), y con el ánimo alto por la bonita visita que hemos realizado, nuestras ruedas nos llevan a la zona de Cabrales, ansiosos por visitar una quesería y aprender el noble arte de curar el queso cabrales!
Llegamos a Arenas de Cabrales, centro neurálgico de la zona, y poco a poco nuestra decepción va en aumento. Sólo restaurantes (eso sí, con cabrales en la carta) y tiendas de souvenirs pero pocas queserías a visitar. Lo único visitable era un museo que recreaba como se hacía el cabrales, pero no nos apetece ver recreaciones. Nos hablaron de que en Asiegu sí que encontraríamos una quesería, así que tras una comida ligera, fabes con almejas y escalopines al cabrales y... postre! cómo no vas a comer postre! arroz con leche, nos metemos en el coche y vamos carretera de curvas arriba hasta llegar a Asiego, aldea perdidilla en la montaña.
A pesar de todo, hay ambientillo puesto que estan de fiestas y nada más llegar nos reciben los cánticos tradicionales que estan animando a los lugareños. Nos damos una vuelta por el pequeño pueblo admirando los órreos, estos sí son auténticos de verdad, las gallinas que anidan debajo, los gatos que maullan encima y el maíz que se seca del alero de madera... pero ni rastro de la quesería. Así que con ese desánimo que suele invadir al guiri cuando no puede guirear lo que quiere, nos vamos al bar del pueblo a por un café y allí nos informan de que la visita a la quesería se hace guiada... aaaaaacabáramos. Pagas unos dineros majos (ahora no sé cuanto era pero más de 20 euros sí) y te enseñan la cava de cabrales, un lagar de sidra y degustación. El tour empieza a las 19h y dura 3 horas. Lo veo ideal si vas con niños, si nunca has visto un lagar (nosotros ya sí) y si nunca has visto una cava de queso. Pero este año estamos de crisis y, además, sólo de imaginar bajar con el coche por el camino por el que hemos subido, de noche cerrada, seguramente con niebla y más que probablemente con lluvia, se me quitan las ganas ni de oler el cabrales, así que hacemos un esfuerzo de imaginación, rebuscamos en nuestra memoria a la caza de la imagen de las cavas de Roquefort y... voilà! Un colage!
De nuevo en el coche, miramos el mapa, recalculamos rutas y hacia nuestro nuevo destino: Llanes.
Llegamos por la impresionante playa de Toró, aunque impresionante también los problemas de aparcamiento. No con pocos problemas dejamos el coche y damos un pequeño paseo por la increïble playa que ha sido escenario de algunas películas. La verdad es que parece de otro planeta con toda esa zona rocosa. Dedicidamente, hay que verla!
Con mejores expectativas subimos al pueblo, al mirador de los Cubos de la Memoria, donde está el faro y... creo que necesitan repintarlos... Esperábamos tanto tanto de ellos que nos han decepcionado un poco, pero lo mejor para juzgar es verlo, así que ya sabeis. Seguimos nuestro paseo hasta el centro del pueblo, una preciosidad que roda una lengua de agua que se adentra en la tierra. Llena de vida, de tiendas y de gente es un lugar ideal para pasar una tarde relajada. Y para pasar un buen rato, que mejor que conseguir leer todo el poema cuyos versos estan dispersos por toda la ciudad. En el suelo vamos encontrando placas con palabras y marcas que nos indican la dirección a seguir, así que un buen entretenimiento es conseguir leerlas todas!! Y, por supuesto... allá vamos... mirando más el suelo que los edificios pero divirtiéndonos como niños!!!!
Una vez superado el reto, damos otra vuelta mirando ahora a nuestro alrededor y tras visitar el recinto de la policía y una preciosa urbanización de casas con ovejas, encontramos el camino que nos devuelve al coche, pasando al lado de una ermita donde no hay ni un alma, entre setos donde perros esperan escondidos para asustarte.
Y ya, por fin, de vuelta en Nueva, al bar de siempre a disfrutar de una opípara cena y un par de botellines.
lunes, 13 de agosto de 2012
| [+/-] | Día 6 – Villarriba-Villabajo-Sietes – Lagar – Muja – Llastres – La Cuevona – Nueva |
| [+/-] | Día 5 - La senda del oso - Pueblines - Valdediós - Candás |
Puff… cómo cuesta levantarse por las mañanas… No sé si es que nos estamos haciendo mayores o que el cansancio del año pasa factura pero se nos pegan las sábanas… Hoy tenemos nuestro récord de hora en abandonar el hotel…las 9,30 de la mañana! Todo un logro!!
Animándonos a nosotros mismos empezamos el día decididos a disfrutar de la montaña puesto que vamos hacía la Ruta del Oso, en Proaza, para poder ver a las dos osas pardas que hay en Asturias, Paca y Tola.
Tras unas carreteras sinuosas llegamos a nuestro destino, y en el centro de interpretación nos facilitan las rutas, nos indican un parte corta, sencilla y bonita que podemos realizar desde el cercado de las osas y nos confirman que a nuestras peludas amigas les dan de comer a las 12.
Así que como tenemos tiempo iniciamos la ruta de 4 km ida y vuelta que nos indicaron y comenzamos nuestro periplo senderista… Tras unos 3km sólo de ida empezamos a arrepentirnos de no haber alquilado unas bicis y comenzamos a mirar el reloj. El sendero, bueno, está bien, pero no parece muy… ¿una central eléctrica? Aquí nos damos cuenta que la parte bonita que nos habían indicado aún no ha comenzado, Paca y Tola van a comer y el sol cae de justicia sobre nuestras cabezas. Así que comprobando que aún estamos a la altura del pueblo, damos marcha atrás para ver como dan de comer a nuestras amigas.
Para nuestra sorpresa las acompaña Furacu, un precioso oso que traen del Parque de Cabárceno en Cantabria para que les haga “compañía” en determinadas épocas de año. Decenas de personas asomadas a la valla esperan que los osos sufran un arrebato de locura mientras su cuidador les vacía delante bolsas de fruta y pan, pero eso no pasa, y tras el baño de Furacu todo el mundo continúa su camino. Unos de vuelta, otros de ida.
Nosotros volvemos al coche, avanzamos cómodamente el camino que nos había llevado 1 hora bajo el sol y en parking de la central eléctrica dejamos a nuestro corcel para continuar la ruta hacía una zona de túneles. A partir de aquí el sendero se vuelve más bonito, con el río al lado, los árboles que forman un techo nos protegen de las inclemencias del sol, y tras otros tantos kilómetros de ida esquivando bicis y hasta algún coche decidimos dar por finalizada la ruta. El gran problema que le vemos es que la ruta no es circular y tener que desandar lo andado es un poco rollo, pero bromeando pronto llegamos al pueblo y buscamos un sitio donde reponer fuerzas.
Tras una olla de lentejas nos metemos en el coche y serpenteamos durante kilómetros para visitar dos pueblos recomendados por el señor de turismo: Bandujo, pueblo medieval de montaña asturiana (que aún estamos pensando si merece la pena o no) y Bermiego, lleno de hórreos de los de verdad y de mariposas por doquier (éste si merece la pena). ¡En estos pueblos no esperéis encontrar nada turístico porque no lo hay! Y preparaos, porque hay curvas…muchas curvas.
Tras colocar el estómago en su sitio y por carreteras un poco menos sinuosas, llegamos a Valdediós, donde está el Conventín de San Salvador, Patrimonio Mundial. Este conventín es del siglo IX por lo que su importancia y antigüedad son remarcables. El curioso guía nos obsequió con una hora de visita, con toda suerte de explicaciones, que nos hicieron permanecer con la boca abierta (a veces de incomprensión y a veces de admiración). La lástima es que no pudiéramos visitar el monasterio colindante debido a una boda más larga que un día sin pan, pero desde luego la visita al pequeño conventín mereció la pena.
Cansados … no… agotados por los casi 10km andados durante la mañana y por las carreteras de curvas, volvemos al hotel, y tras dejar descansar al coche damos un paseo hasta el pueblo de Candás, a unos escasos 10 minutos, para cenar algo.
Al llegar encontramos una pequeña ciudad costera, sede de antiguas conserveras de pescados y marisco de las que apenas quedan vestigios (aquí estaba la conservera Albo, por ejemplo), y que rebosa vida por los cuatro costados!
Escogemos una sidrería entre tantas y … puff… gran puntería. Unas patatas al cabrales que quitan el sentido, una sarten de patatas, huevos y chipirones que te nublan la razón y un par de botellinas de sidrina que pa’ que más. La simpatiquísima camarera te escanciaba ella la sidra (estábamos dentro del restaurante, no en la terraza, así que podríais imaginar el desastre si todo el mundo se encanciara su sidra), y cada vez que pasaba por nuestra mesa nos miraba, reía y decía… ¿un culín? Pos claro que sí, y desde alturas de vértigo veíamos la sidrina caer eficazmente en el borde del vaso, romper, y pa dentro, del tirón! Que no puede reposar… Qué misterio, esto de la sidra.
Y tras una carrerita de nuevo al bar, un helado y un paseo la cama nos espera ansiosa…
domingo, 12 de agosto de 2012
| [+/-] | Día 4 – Cudillero-Luarca-Gijón |
Hola hola hola!! Tras una reparadora noche y un copioso desayuno nos ponemos en camino, bastante tarde para ser nosotros, hacía uno de esos pueblos de los que tanto oyes hablar y sobre el que tantas alabanzas han caído. Cudillero.
Así que llenos de entusiasmo cogemos la autovía y en un ratín nos plantamos allí.
Aparcamos en la zona habilitada para ello y el gran número de coches que rondan nos hace ya pensar en lo turístico del lugar. La simpática chica de turismo, aunque un poco estresada por llegar tarde a trabajar, llevar a la niña con la abuela y encima se le estropea el coche (sí, los asturianos son muy simpáticos y te cuentan y recuentan…me encanta!) nos da un plano de la región y un par de indicaciones.
Y así, cámara al cuello, nos lanzamos al descubrimiento de esta pequeña joya de la costa asturiana. Mientras avanzamos desde el puerto curiosas zonas de baño de aguas cristalinas se abren ante nuestros ojos, abuelos con niños, cangrejos… y el pequeño pueblo que aparece encajonado y encaramado en la montaña que da al mar. Diríase que sus casas se montan una encima de la otra, ladera arriba, para poder besar el mar y mirarlo desde lo alto, todo al mismo tiempo.
Merece la pena perderse por sus estrechas callejas empinadas y llenas de escalones, de esas que te hacen dudar de si estás en una calle o entrando en una casa. Subir o bajar, izquierda o derecha, pequeños recovecos, giros y regiros, olor a ropa recién tendida y a mar. Y entre esto y aquello hay que subir a sus miradores para poder observar el conjunto desde arriba, porque realmente merece la pena.
Con muy buen sabor de boca abandonamos Cudillero justo cuando la plaza central comienza a ser intransitable. Una marea de gente llega desde el aparcamiento ansiosa de pueblo y pescado, así que nosotros hacemos un mutis por el foro y tras comer un bollo preñado y un arroz con leche cara al mar decidimos poner rumbo a nuestro próximo destino que no es otro que la también alabada ciudad de Luarca.
Pero antes de llegar, y aconsejados por la anteriormente mencionada chica de turismo, hacemos un alto en el faro de Cabo Vidio. Y señores, vaya si merece la pena. Qué acantilados, señores y señoras. Ese mar furioso rompiendo contra las olas, el agua que se vuelve turquesa, la espuma revuelta, las aves que sobrevuelan la piedra que se yergue orgullosa soportando los embistes de la brisa… Precioso. Realmente precioso.
Ahora sí, con el olor del mar alegrando nuestros corazones y elevando nuestro ánimo, nos vamos hacía Luarca y al llegar allí…bueno… no podemos decir que sea una ciudad fea, puesto que no lo es, pero la ciudad de nuestro señor Severo Ochoa queda un poco deslucida tras las visitas de la mañana. Así que aconsejamos empezar la ruta por aquí. Paseamos por el puerto y dedicamos un ratín a visitar el Museo del Calamar Gigante… suena freak pero… es genial y superinteresante. Parece mentira que puedan existir bichos así… y más en nuestras costas! Imaginaos que bocatas se pueden hacen con un calamar de 20 metros… yummm.
Como tanto calamar nos ha abierto el hambre, nos arriesgamos a comer en un restaurante ubicado en la azotea de un edificio y con bastante buen resultado, lástima que no tienen chipirones y nos conformamos con un poco de pote asturiano y una fabadita. Algo ligero.
Con las panzas a reventar nos vamos para Gijón, la última de las grandes ciudades que nos faltan. Y la verdad es que nos encontramos una ciudad de tamaño asequible, llena de vida, de bares y de tiendas. Un paseo por sus calles nos lleva en un momento de la preciosa playa al puerto y del estrecho casco antiguo donde los niños juegan a pelota a las anchas calles y avenidas repletas de tiendas, sidrerías y gente que va y viene. Nos perdemos un rato por entre sus gentes y sus aires, visitamos la Iglesia que da a la costa totalmente recomendable pues a pesar de ser de este siglo la parte de detrás del altar no tiene desperdicio y, cansados de todo el día, volvemos al hotel y, de tan llenos que estamos de la opípara comida, no podemos ni cenar.
Una botellina de sidrina para tener nuestros primeros escarceos con el escanciar y a dormir. Mañana más…
viernes, 10 de agosto de 2012
| [+/-] | Día 3 - de León a Perlora, ciudad de vacaciones… |
Buenos días!! De buena mañana… vale… son casi las 10, estamos muy señores este viaje, o muy agotados… vamos, que en un momento indeterminado de la mañana abandonamos el León que tanto nos ha gustado para adentrarnos en tierras asturianas, y chino chano autovía adelante llegamos a Oviedo.
Nos encontramos con una ciudad elegante, al estilo de las pequeñas capitales, en la que te vas encontrando estatuas en cada rincón, entre ellas la más conocida es la de Woody Allen. Una curiosa plaza dentro de un edificio es lo que más nos ha llamado la atención de Oviedo, la calle de las sidrerías y una fuente que es patrimonio y que no suele estar dentro de los circuitos turísticos es el recuerdo que nos llevamos de esta ciudad. En definitiva y en resumen, que siendo bonita, no es espectacular.
Así que sin más dilación decidimos ubicar nuestro próximo hotel, que se encuentra en el Cabo de Peñas. Y allá vamos, por unas carreteras estrechas, hasta que llegamos a un pueblo que diríase perdido en medio de la nada. Un gran hotel, de aquellos que tienen un aire a los grandes hoteles de los 60 nos da la bienvenida en medio de los praos asturianos. Unas cuantas palabras con el simpático personal y decidimos arriesgarnos en medio de este páramo a encontrar algún sitio para comer.
Y cual es nuestra sorpresa que encontramos un pequeño local cerca del hotel, con menú diario a 9 euros y productos de la zona (fabes y… un pescado que no recuerdo que se parecía al boquerón) y con un gran ventanal que mira al mar. Qué más podemos pedir!
Con la panza ya llena volvemos a seguir camino y … ahora sí que flipamos, nosotros que nos creíamos aislados del mundo moderno resulta que estamos ubicados en medio de una zona ultraturística, justo al lado de Perlora Ciudad de Vacaciones y casi sin darnos cuenta estamos metidos en medio de un pueblo lleno hasta la bandera de restaurantes, locales, bares y sidrerías… increíble…
En medio de este desconcierto llegamos a Luanco, que se prometía un bonito pueblo costero y que a nuestro entender se quedó simplemente en pueblo costero. Un pelín decepcionados, ponemos rumbo al Cabo de Peñas, al faro.
El camino hasta allá nos deja unas vistas y paisajes increíbles y una vez allí, pasados los krakens, tiburones y gatos, el paisaje nos deja sin aliento. Qué acantilados más impresionantes. Un manto de color verde y morado se extiende sobre la tierra hasta que ésta cae a plomo sobre un mar furioso que torna su azul profundo en un azul zafiro. El sonido hipnótico del mar rompiendo contra las olas, las gaviotas en su eterna risa socarrona, la luz que baña el agua… todo se diría puesto allí a propósito, sin otra intención que maravillarnos.
Y así, anonadados, aún con la brisa del mar enredada en nuestros cabellos y en nuestra alma, atravesando prados de un verde inconcebible, llegamos a Avilés.
Avilés, otra ciudad de la que no sabíamos qué esperar y que superó con creces nuestras expectativas. Un ambiente alegre, la gente abarrotando las calles de la pequeña ciudad, señoras que te paran para indicarte que los parques no son sólo parques y una atención turística alegre por llamar huevo a lo que lo parece… No sé sabe bien qué tiene esta ciudad empedrada, si son sus edificios con soportales, su porte elegante o su aire de pueblo, que te enamoran. Y así, soñadores, se nos hace la hora de cenar y más por casualidad que por otra cosa damos con un local de tostas y pinchos, donde nos ponemos hasta arriba de pinchos a 1,50… pero pinchos que… vamos… para qué hablar… 3 para cada uno y ya no podíamos más!!
Con la panza satisfecha, el corazón satisfecho y el cuerpo agotado, volvemos a nuestro hotel, y después de que el tonto sufriera un colapso y nos tuviera 5 minutos dando vueltas en redondo, llegamos a El Carmen deseando, más que nunca, pillar la cama…
jueves, 9 de agosto de 2012
| [+/-] | Día 2 – De Valladolid a León |
| [+/-] | Día 1 .- De Caudete de las Fuentes a Valladolid |
jueves, 26 de julio de 2012
| [+/-] | Día 4 - Madrid, Madrid, Madrid |
Buenos días a todos.
Hoy nos levantamos con una cosa en la cabeza.... Churros. Y el mejor sitio para tomar churros en Madrid (según nosotros) es San Ginés. Una churrería de esas de las de toda la vida, con un interior elegante pero hablamos de esa elegancia un poco añeja ya. Asientos de terciopelo verde, un ejército de camareros todos bien uniformados y las paredes completamente atestadas de fotografías con personalidades y personajes famosos de toda condición. Políticos, cantantes, deportistas, nacionales y de fuera... la vista se pierde entre los cientos de caras sonrientes y la frase estrella durante el desayuno es: “¿Has visto ese? Anda!!! Mira!!!”. Hasta, claro, que te traen los churros gigantescos y tan buenos!!! Tras charlar un rato de fútbol y turismo con unos guiris forraos de pasta y, encima, del Real Madrid, con la panza bien llena de chocolate ponemos rumbo al Rastro.
Atravesamos la Plaza Mayor y, aunque ya la hemos cruzado más de una vez, ahora no podemos dejar de pararnos. Los peluches gigantes y los Spidermans gordos aún no han llegado, están limpiando las terrazas de los bares y casi no hay nadie. La luz que llega aún tenue a la plaza confiere a las fachadas una calidez encantadora. No podemos negarlo, es un bonito rincón. Tras estar unos minutos bajo los huevos del caballo, ahora sí, al mercadillo más famoso de Madrid (y yo diría que de España).
Llegamos tempranito para evitar el follón de gente, de turistas y de rateros y la verdad es que podemos pasear sin demasiado problema. Aunque, para ser sinceros, nos da la sensación de ser como un mercadillo cualquiera. La primera calle que cogemos, baja y baja. Tenderetes de camisetas, vestidos, bolsos y bolsas a un lado y a otro. Al llegar abajo, una plaza, libros de viejo y cachivaches varios que llaman nuestra atención. Poco a poco se va llenando de curiosos que curiosean y señoras que regatean. Subimos una calle, no todo va a ser bajar, y alcanzamos otra placeta con muebles antiguos y otras fruslerías que hacen que se nos caiga la babica. Y callejeando callejeando volvemos a llegar al principio. Lo que habíamos calculado que nos llevaría toda la mañana nos ha ocupado una hora.
Con una parte de la pareja bien decepcionada por culpa del Rastro damos un paseo lento, tranquilo, por el barrio del Centro, disfrutando del ambiente del domingo por la mañana. Niños en la calle, gente que pasea, puestos de flores... alcanzamos la Plaza de Santa Ana y decidimos tomar un segundo desayuno, ya que el primero ha sido tan temprano... Un café con leche en una terraza, al sol, y un repaso a la guía para ver qué nos dejamos por ver. Viendo lo bien que vamos de tiempo, nos perdemos un rato por el tranquilo Barrio de las Letras, tomándonos el tiempo de leer las placas de las fachadas “Aquí vivió...” y los grabados en el suelo. No sé que tiene este barrio, que no ha encantado, sus pequeñas tiendas, sus bares, su ambiente entre bohemio y de pueblo...
Habiendo leído ya todo lo leíble, nos acercamos a otra de las instituciones bacalaeras de Madrid... el bar “Revuelta”. A empujones y empellones conseguimos hacernos hueco en el atestadísimo bar (no apto para claustrofóbicos). El olor del bacalao frito se mezcla con el del perfume de las señoras y el tabaco de los señores (o viceversa, claro). Cervezas que van no sé sabe donde entre la gente y tajadas de un bacalao fresquísimo (y saladete, para que bebas más), calentito, recién sacado de la freidora. Lo importante es hacerse con un hueco en la barra y para ello hay que recurrir a técnicas de estrategia militar, astucia y subterfugio que te permitan desplazarte sin ser visto entre el gentío para que, cuando noten tu presencia, tú ya te hayas hecho con 20 cm de barra, lo justo para apoyar dos vasos y un plato. Victoria! Piensas con cara de satisfacción.... Y todo eso, para 5 minutos, porque es entrar y salir!
Con este picoteo extraño que llevamos hoy, hemos vuelto a matar el hambre, así que cogemos la calle Atocha, un café en un bar, y de cabeza al Museo del Prado. Estos grandes museos es lo que tienen, al principio te paras en cada cuadro, escultura y extintor: “Mira la mezcla de colores. Qué efecto ha conseguido en la mirada del perro. ¿Y el sfumatto qué?”. A medida que pasan las horas dedicas menos tiempo a cada obra: “Mira un Goya de la época negra. Aquel debe ser un Rubens, ¿no?”. Hasta que acabas diciendo... Mira... otro cuadro... Pero cierto es que el Prado merece una visita. Tiene grandes obras que merece la pena ver en directo: El Jardín de las Delicias (impresionante), Eva y Adán de Durero, Las tres Gracias (sólo por ese ya merece la pena...soy fan de Rubens ¿qué le voy a hacer?).
Imbuidos de tanta belleza y tanta pintura, salimos del museo y descansamos un rato sentados ante la fachada de San Jerónimo el Real, que desde arriba vigila el Prado con ojo atento, no sea que algún cuadro se escape y tras ver como los niños se lanzan, osados, ladera abajo, seguimos con nuestro deambular que nos lleva a hacer una visita a la diosa Cibeles que, como todo en Madrid, está en una rotonda... si pudiera escapar con su carro huiría de tanta polución, autobús y celebraciones al más puro estilo vikingo. Dejándola sola, con cara de triste, seguimos
De nuevo en Chueca (aquí te caes de un barrio a otro sin darte apenas cuenta!!) vuelta por aquí, vuelta por allá, carteles de saunas y de chicos ligeros de ropa pero con mucho músculo, y la tarde cae lentamente. Un olorcito que llega a nuestras naricitas nos atrae y las tripicas empiezan a rugir... ¿porqué no una merendola tardía? Así que... porción de pizza al canto! Qué buena! La verdad es que en este viaje nuestras rutinas gastronómicas siempre tan cuidadas van un poco random.... como el hombre de las cavernas, que comía cuando tenía hambre, no a la hora que le tocaba...
Ya con el estómago un poco calmado las luces nos atraen como abejas a la miel y acabamos en la Gran Via, espectáculo de luces de neón, cines, teatros y gente, mucha gente. Es irresistible el cartel de Schweepes y las pantallas gigantes bombardean publicidad al bullicioso populacho que las observan desde abajo, aunque, realmente, nadie les hace mucho caso. Nos plantamos en la plaza Callao... Chueca a un lado, Sol al otro y el metro detrás nuestro... grande es la tentación de regresar al hotel y a nuestra cama pero conscientes de la rutina alimentaria extraña, nos acercamos al Rodilla más próximo (bieeen!) y cogemos unos sandwiches take away...
Al metro y en un ratito.... qué bien saben los bocatas cuando estás metido en la cama!!!!
miércoles, 25 de julio de 2012
| [+/-] | Día 3 - Más Madriz |


