Hola de nuevo, andarines!
Las campanas de la iglesia nos sirven hoy de despertador, las 7.30, tocan. Así que todo el mundo en pie y a buscar algún lugar donde desayunar, porque nuestro hotel no ofrece el servicio.
Justo delante, un pequeño local, capuccino y unas pastitas y a ajustar cuentas con el simpatiquísimo señor de la recepción. Qué hombre más simpático, con esa pinta de loquito encantador alabando nuestra alegría mientras se queja de la seriedad de la gente. La vida pasa -dice- y la gente siempre está seria. Qué gran filósofo.
Una vez en el coche y pagado el parking a la chica zombie de la taquilla de salida, duro golpe de realidad: la salida de Génova en hora punta. Horror. Poco menos que la muerte y la locura nos esperan en el camino de salida hacía Francia, que se nos presenta envuelta en una luz cálida ... sigue la luz!!!
Italianos, muchos italianos (qué quieres) en sus coches, empujando, colándose, sin intermitentes, cambiando de carril al más puro estilp kamikaze, ni giran la cabeza oye! Atasco. Y para más inri... un coche de bomberos, con la sirena en marcha. A organizarse en este caos para dejarla pasar... qué sufrir, pero, por suerte, salimos indemnes de tamaño infierno vial, saliendo de las llamas... para caer en las brasas.
Cómo va la autopista, de locos en coche y de camiones locos. Con una concentración absoluta en la que Aramis Fuster no es nadie comparado conmigo en materia de adivinación de movimientos intercarriláceos de nuestros amigos los espaguettinis, hacemos un alto en el pueblo de Bussana Vecchia, que fue abandonado y, más tarde rehabitado por artistas y artesanos. Un estilo a Groznjan, pero menos cuidado.
Un cafetito y un paseo por las calles empinadas y de nuevo al coche, ahora sí. Próxima parada: Éze, en territorio francés. Al poco de entrar en la autopista el tráfico se regula, los coches vuelven a tener intermitentes y la conducción se hace mucho mejor.
Así que paramos en este pequeño pueblo encaramado en la montaña, frente al mar. Es el típico pueblo todo de piedra, con un laberinto de calles bien cuidadas por el que da gusto dar un paseo descubriendo sus rincones más pintorescos.
Cómo ya azuza el hambre, un crep y un bocadillo, y hacía nuestro nuevo hotel en Martigues, un pueblo al lado de la Camargue.
Cómo nos ha pasado más de una vez en este viaje, esperábamos un pueblo no muy bonito, y nos hemos topado con un pueblo bastante grande, dividido en tres partes, con una isla enmedio, barquitos atracados en pequeños puertos, restaurantes... y de noche tiras de bombillas iluminando las calles, la luz de las farolas reflejándose en el agua... Una cucada!!
Así que hacemos el check-in en nuestro último hotel del viaje, un establecimiento sencillo, con una decoración minimalista pero cómodo, limpio y bonito y a dar un paseo por el pueblo antes de que cierre todo.
Mejillones y pasta con salmón caen para cenar, mientras observamos a través de los grandes ventanales del restaurante el movimiento lento de los pequeños barcos de pesca que se dejan mecer por el escaso oleaje que arriba al puerto mientras suena un acordeón de fondo y la luz de la luna va inundando este pueblo, repleto de bombillas.
Qué buena última noche de viaje.
Un beso.
Km. 440
Km. Acumulados 5147
viernes, 2 de septiembre de 2011
| [+/-] | Día 20: de Génova a Martigues |
miércoles, 31 de agosto de 2011
| [+/-] | Día 19: de Portogruaro a Génova |
Andarines! Qué esto se acaba!
Tras una noche de frío (Portogruaro es como el desierto, mucho calor de día y mucho fresco de noche) y una ducha revitalizante, otra vez a la carretera…
En menos de 10 minutos vuelvo a recordar lo mal, pero lo terriblemente mal, que conducen los italianos (lo siento por los que conduzcan bien pero…). Hemos llegado a la conclusión que a los coches en Italia no les ponen intermitentes, porque ninguno lo usa. En la autopista van o a 150 o a 50, no tienen término medio, les da igual invadir tu carril, de hecho muchos circulan entre dos carriles, te adelantan por la derecha, en línea continua… una gozada. Y si a esto sumamos unos … 3 camiones por metro cuadrado en la autopista, pues la fiesta es completa. Con los Spaghettinis detrás achuchándote a 130 y una barrera delante de ti ocasionada por un autobús que está adelantando a un camión que a su vez está adelantando a otro camión sale lo peor del español que hay en un conductor. Insultos Trozzo di porco!!! Como no sé italiano me los invento!! Y viva el claxon! Hasta que me duele el brazo de tanto pitar!! Y así… 4 horas y media… qué estrés!!!
Y cuando ya parece que llegamos a Génova, nuestro destino de hoy, nos encontramos con la peor entrada a ciudad grande que hemos visto nunca. La autopista de 2 carriles baja la velocidad a 80 y se transforma en una “autopista de montaña”. ¿A 80? Había curvas que era mejor cogerlas a 60. Y venga señales de curvas peligrosas, y genoveses a toda leche, y trailers… qué horror!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Un poco asustados por los comentarios que habíamos escuchado sobre nuestro nuevo hotel, lo primero es situarlo, lo cual no es muy difícil puesto que está en una calle superprincipal. Hasta aquí, benne. Problema: el hotel tiene parquing, pero ni sabemos donde ni como llegar, así que tras dar un par de vueltas dejamos el coche en una zona azul, y maletas en ristre nos acercamos al hotel.
Nuestro nuevo hogar provisional está situado en la tercera planta de un edificio. Tras sobrevivir al ascensor de la muerte, que calculamos tendrá unos 200 años, así por encima, el atento chico de la recepción, con un escaso español pero muy bien intentado, nos explica donde está el aparcamiento.
Tras ver nuestra sencilla pero cómoda y limpia habitación, recogemos nuestro coche y al parquing, que es el de una especie de Corte Inglés.
Miramos el reloj y no hay mucha opción más que acabar en el McDonalds. Así que unas sanísimas hamburguesas y a visitar Génova!!!!!
Qué gran decepción… no hay nada de Marco…. Pero bueno, callejeamos, visitamos el puerto antiguo, el casco histórico, la preciosa catedral y … los guettos… porque menudos guettos.
Con sus estrechas calles llenas de tiendas, podemos decir que Génova no tiene nada especial, sin ser una ciudad fea. Los estrechos callejones que llevan a los patios interiores nos hacen recordar los dibujos de Marco, cuando corría por esas calles con su parche en el pantalón para ir a buscar carta de su mamá… que penica…
En fin, visitamos palacios, plazas, iglesias de estilo gótico pisano y la casa de Cristóbal Colon, que no en vano era genovés, como los grandes marineros. Un poco más de callejeo y las tiendas empiezan a cerrar, poco a poco, mientras los carteles de las locandas y las trattorias van iluminándose.
Momento de volver al hotel, a descansar, a cenar un poco y a preparar la ruta de mañana: Arrivederchi Italia… Bonjour, France!
Km. 457
Km. Acumulados 4707