Buenas noches andarines!
El día de hoy ha sido raro. Y cuando digo raro me refiero a poco usual para nosotros. ¿Será que nos hacemos mayores?
Esta mañana nos hemos dado el madrugón padre. A las 6.30 de la mañana toca corneta y a las 7 ya en calle. Tal derroche de energía solamente justificado por la necesidad de coger un ferry que nos llevara a nosotros y a nuestro coche de Split a Stari Grad, en la isla de Hvar.
Aterrorizados por la cola que nos podíamos encontrar, nuestra decisión de coger el primer ferry de la mañana creemos que ha sido la acertada. Por otro lado, el pánico a perder el barco y tener que esperar más de 2 horas a la salida del siguiente es lo que nos ha empujado a madrugar tanto que teníamos que ir poniendo las calles nosotros. Eso sí, en Trogir, a las 6.55 am ya había tráfico y coches parados... ¿o debería decir todavía?
El caso es que llegamos al embarcadero on time, paramos el coche en una cola y Sergio se baja a comprar los billetes. De repente, los coches de delante mío van desapareciendo de forma aleatoria... No estoy en la cola que toca!!!! Y no hacen más que adelantarme coches!!! ¿Y dónde tengo que ir? Un chico de Jadrolinja, la compañía de los ferrys, me hace avanzar... me paro al lado de otra chica... ¿para ir a Stari Grad? Todo recto, el Marco Polo. Ante esta respuesta mi cara de desesperación al decirle: Pero he perdido a mi marido! Ha ido a comprar los billetes! A todo esto, mi marido llega, nos ponemos en cola y... zas! Directos a la bodega del barco.
Qué organización. 4 veces nos preguntaron a que ciudad íbamos. Los coches, todos ordenaditos. Entramos en la zona de pasajeros y deambulamos por el barco. Cómo las cubiertas estan abarrotadas de gente y el viaje dura casi dos horas, nos acomodamos en una de las mesas del bar en cuyos asientos no hay gente durmiendo, que ya es difícil.
Entre la moqueta del suelo, las columnas decoradas con hiedra de plástico, los camareros uniformados y los sillones de terciopelo ya nos parece escuchar la sintonía de Vacaciones en el Mar... Y así, con esa alegría, avanzamos arañando las olas a nuestro paso, atravesando estrechos caminos entre dos islas y arribando, por fin, a buen puerto (por si acaso le preguntamos al camarero) en una de las 10 islas más bonitas del mundo.
Agradecidos y emocionados, visitamos Stari Grad, ya que el ferry nos ha abandonado en este pueblo, y encontramos una pequeña localidad llena de vida, con todas sus calles empedradas con una piedra clara y, sorprendentemente, bastante vacía de turistas.
Dada la vuelta de rigor, desayunado un poco y hechas unas compras (un melón y unas zapatillas para la playa), ponemos rumbo a Hvar. 20 minutos por una carretera de curvas en las que pasamos por los viñedos que dan tanta fama a esta isla, unas vistas maravillosas, un cielo azul y por fin llegamos a Hvar: la ciudad laberinto.
Nada más ni nada menos que media hora dando vueltas por las mismas 4 calles en la busca y captura de nuestro alojamiento. Ni GPS ni Google Maps ni leches!!!. Desesperados, decidimos llamar a nuestra anfitriona que viene a recogernos... estábamos a 10 metros del apartamento. De hecho hemos pasado 20 veces por delante. Pero aquí los nombre de las calles son raros y los números más. Una vez acomodados y habiendo charlado un poco con la familia propietaria nos dirigimos al centro.
Allí nos encontramos un precioso pueblo, de calles empinadas, flores, un gracioso puerto, un mar de aguas turquesas e increiblemente transparentes, un cielo celeste, playas de guijarros, gente guapa y fea, yates, restaurantes e iglesias. En resumen que nos ha gustado mucho.
Tras dar la vueltica al pueblo visitando sus highlights, nos lanzamos a la búsqueda de una playita donde darnos un chapuzón. Primero hayamos una zona de rocas habilitada para el baño... una maravilla. Y después, en el mismo pueblo, una pequeña cala justo bajo el monasterio, que comparten barcas de pesca y bañistas. Creo que ya lo he dicho pero... qué agua! Delante nuestro un islote. Barcos que van y vienen.
Hay diversos barquitos, barcas y barcazas que hacen excursiones (o traslados, más bien) a otras islas cercanas, aunque nosotros nos hemos quedado con las ganas debido a que estas excursiones son por las mañanas. Así que ya sabeis!
Con la tontería de la playa el día se nos cae encima y decidimos hacer una comida tardía consistente en... una copaza de helado cada uno!! Viva la dieta mediterránea!
Tras nuestro dulce ágape, callejeamos un poco y nos hacemos con algo para cenar, un poco de prsut y de queso y allá que vamos, hacía nuestro apartamento, a descansar un poco y darnos una ducha para quitarnos la sal del Adriático.
Que si ahora un poco de música, que si una ducha, que si esto, que si lo otro, el atarceder nos rodea y desde el balcón de nuestra habitación tenemos unas vistas poco nmenos que impresionantes de la bahía, que se va tiñendo poco a poco de naranja, luego de rojo y finalmente, cuando ya el sol se mete entre las olas para descansar, de malva y lila. Un espectáculo impresionante.
Y cuando ya el sol nos ha abandonado por hoy, nosotros nos organizamos nuestro picnic en la terraza, melón con prsut, pan con queso y yogur. Estamos de un hippie!!!
Ya con la noche bien entrada y sin demasiadas ganas pero azuzados por la necesidad, bajamos al centro, a buscar un cajero (este alojamiento no acepta tarjetas) y ya que estamos, aprovechamos para tomar algo mientras vemos como se inician los rituales de apareamiento (o más querrían algunos) entre los guiris y/o autóctonos en los bares del pueblo. Y como dice la canción... cuando llega el calor, las chicas se enamoran!
Paseamos mientras vemos los yatazos atracados en el puerto y mientras sus dueños nos miran con un poco de desdén y superioridad desde sus asientos de piel de su cubierta lacada y metalizada... qué leche, qué envidia que nos dan!!!!
Y así, con la sensación de no haber hecho nada en todo día (la cual cosa es cierta) pero habiendo disfrutado un poco de ese espíritu playero que invade a miles de humanos, nos vamos a dormir, pensando que mañana hemos de coger otro ferry hacia Dubrovnik, la gran joya del Adriático. A ver que pasa...
Km. 47
Km. Acumulados 2402
sábado, 20 de agosto de 2011
| [+/-] | Día 8 - De Trogir a Hvar |
viernes, 19 de agosto de 2011
| [+/-] | Día 7 - De Skradin a Trogir |
!Qué tal, andarines!
Nosotros aquí estamos, tras un día de calor, calor y calor.
Cuando hemos abandonado esta mañana nuestro hotel en Skradin, bastante temprano, la temperatura era más que agradable, fresquita, diría yo.
Alegremente decidimos acercarnos a la ciudad donde tenemos nuestro siguiente hotel, Trogir, más que nada para dejar las maletas y no tener que ir todo el día cargando con ellas. A medida que pasaban los minutos... ¿qué digo minutos? los segundos, la temperatura iba aumentando, sin pausa pero sin prisa.
Primera del día... atasco, monumental atasco, para acceder a Trogir. Tengamos en cuenta que el centro antiguo de Trogir es una isla, y nosotros para llegar a nuestro hotel hemos de atravesar dicha isla, por los únicos puentes que cruzan el río, un viernes por la mañana, día de mercado... para morirse! Cruces sin semáforos, coches por la izquiera, por la derecha, por delante, por detrás y casi por arriba y por abajo!! Peatones con un concepto del riesgo y la supervivencia muy bajo, niños, señoras, motos que se cruzan... Vamos... una gozada! A todas estas, el GPS que se une a la fiesta, me hace entrar en calles sin salida, contra dirección... Por fin llegamos al hotel, estresados de la vida... menos mal que en la recepción de nuestro establecimiento son encantadores que si no... Armándonos de valor volvemos al coche para visitar Split y... oh! sorpresa! Hemos de volver a cruzar el pueblo! Armarnos de paciencia es la única solución.
Pero esta vez el trayecto no es tan traumático, puesto que todo el mundo entraba al pueblo y nosotros salíamos. Bien, la cosa iba mejor, hasta que nos vamos acercando a Split.
Es curioso como 3 días rodeados de parques naturales nos hacen olvidar el olor de la polución, menos mal que los alrededores de Split nos lo vuelven a recordar. Vamos adentrándonnos en una ciudad fea, industrial, llena de coches, sucia... qué mal va ésto...
Entre un tráfico mortal conseguimos llegar al centro y encontrar un parking. Bajamos del coche con las piernas agarrotadas por la tensión de la conducción temeraria y osada de los croatas urbanitas y dejamos que las oleadas de turistas nos arrastren hasta el núcleo histórico.
Lo más curioso de Split, y digno de verse, es que el centro histórico no es una ciudad al uso, sino que es el Palacio de Diocleciano. Me explico. En la época de los romanos un tal Diocleciano mandó hacer su palació aquí. Con los años, la caida del imperio y tal y tal el palacio se rehabilitó como ciudad. Así que cuando crees que andas por la calle, realmente estás andando por uno de los pasillos del palacio, o por una de las estancias. Es verdaderamente curioso.
Eso sí, si Diocleciano levantara la cabeza y viera su casa invadida por cientos, miles, millones de gente con pamelas, abanicos, chanclas, cámaras de fotos, taglios de pizza... se volvía a morir del susto. Hacía tiempo que yo no veía tanto turista junto, no se podía ni andar... un momento... los teutones que encontramos en el parque de Krka están aquí! Nos persiguen!
En los alrededores del palacio, un curioso y pintoresco mercado se pone cada mañana, en el que venden desde fruta y verduras a artesanía y recuerdos para los turistas. y todo esto, a 35 grados de temperatura y bajo un sol de justicia, ni una nube oye!
Lo cierto es que ha valido la pena la entrada a la ciudad, el trafico y el calor.
Tras comer y dar una vuelta por el centro, decidimos visitar las ruinas de Salona, en el pueblo de Solin, a tan sólo 5km de Split.
Vamos a dar dos definiciones para este recinto de ruinas romanas. Definición 1 según Sergio: Un p**o basurero. Definición 2 según Silvia: El infierno.
Tras varias intentonas (ahora es el GPS confabulado con la señalización de la ciudad los que deciden tenernos dando vueltas) llegamos al recinto de las ruinas. Entrando podemos ver los restos de una iglesia, bastante interesante. A partir de aquí, pagas entrada. Bueno, ya que estamos, tampoco era tanto, y decidimos pagar a Norman Bates las 20kn de la entrada. Nada más iniciar la ruta están las ruinas más interesantes. A partir de ahí todo es sufrimiento y dolor.
El recorrido, tampoco tan largo, es un sendero, campos de cultivo a la izquierda, basura a la derecha, casas, coches aparcados, hierba quemada, árboles secos... ni una sombra, a ya no sé cuantos grados de temperatura, ni los sombreros nos ayudaban, el agua que llevábamos en la mochila se convirtió en caldo... que ruina de ruinas.
Las ruinas del anfiteatro, rodeadas de basura... y de casas. ¿La gente de las casas pagará entrada para coger el coche? Si quereis verlo atravesad el pueblo y coger alguna de las calles que lleven, imposible que controlen esa entrada!!
Las otras ruinas que resultan curiosas son el teatro y el foro... desde donde vemos la ropa tendida de la señora que tiene su casa justo al lado. ¿Y las rodadas de coche?
El camino de vuelta ya fue el infierno. Subida. 4 de la tarde. Sol. Calor. Nuestra vida pasa por delante de nuestros ojos. Notamos como nos quemamos. Esto deben sentir los que se pierden en el desierto. Queda poca agua. Las gotas de sudor nos caen por todos lados. Miras los pies. Uno. Dos. Uno. Dos. ¿Un espejismo? No! Es la salida! De cabeza al bar de la entrada del recinto y durante unos minutos estamos ciegos. La luz del exterior nos impide ver a los killos del interior! Una Cola, con hielo! Da igual la Cola, trae hielo!!!!! 5 minutos y todo mejora. Decidimos irnos al coche, alejarnos de aquel infierno de basura y desorganización. Nos cruzamos con una asiática que viene de pasar el mismo sufrimiento que nosotros, se lo vemos en la cara y en la desesperación con la que pide una botella de agua fría en el bar.
Nos montamos en el coche, climantizador a tope y llegamos al hotel en Trogir. Ponemos en marcha el aire acondicionado y tras una cabezadita para despejar la cabeza del abotargamiento solar, una ducha fresca y a visitar Trogir.
En este pueblo encontramos una pequeña joya del Adriático reconocida por la Unesco. Estrechas calle empedradas, recoletas plazas, restaurantes, iglesias, una fantástica plaza central, tiendas, vida y, sobre todo, brisita.
Un paseo por el mercado y el puerto, una visita al Konzum para comprar agua y un poco de callejeo antes de cenar. Hoy, pescado. Una dorada a la brasa y un arroz negro con sepia. Después de casi morir abrasados por las llamas del infierno, qué menos que una buena cena.
Y mañana, el madrugón de la vida. Ya os contaremos!!
Km. 123
Km. Acumulados 2355